Llega con serenidad, majestuoso, como si se paseara con total seguridad, apenas toca y los demás danzan, van a su son. El sonido de un piano inunda El Salón, los ases de luz irrumpen por las amplias ventanas y vuelven enteramente traslúcidas las siluetas que allí se encuentran.
Siluetas difuminadas que giran a su paso. Y embriagadas por el timbre de su voz quedan en perpetuo embeleso. Él sigue tocando las teclas mudas de un poema, mientras las figuras arremolinadas rinden homenaje a su condición. Cubierto de un oscuro romanticismo solicita clamor y un coro celestial invoca su nombre.
Siluetas difuminadas que giran a su paso. Y embriagadas por el timbre de su voz quedan en perpetuo embeleso. Él sigue tocando las teclas mudas de un poema, mientras las figuras arremolinadas rinden homenaje a su condición. Cubierto de un oscuro romanticismo solicita clamor y un coro celestial invoca su nombre.
Y El Salón se vuelve el edén donde se desnudan las almas vistiéndolas solo de piel, pergaminos que incrustan los designios de deseo, trazos que marcan el dominio de la obediencia y un señuelo que tizna sus vértices.

