Era la última puerta al final del largo pasillo, la habitación más privada de todas, y tras de ella me esperaba, desnuda sobre las sábanas de satén apenas cubriendo sus pechos por el abanico que para la ocasión llevaba. Cuando abrí la puerta su mirada se encontró con la mía y acto seguido dejó caer el abanico.
Me acerqué sin dejar de observarla y lo cogí para comenzar a deslizarlo por su cuerpo lentamente a ras de su piel. Su estremecimiento fue inmediato al sentir el roce de las puntas de la varillas surcándola de extremo a extremo, guiadas por mi mano interpretaban otro lenguaje. El del placer más perverso.
Cuando toqué su vientre se arqueó tensándose con ansias, pero algo más palpitaba en ella con mayor urgencia.
Llevó su cabeza hacia atrás cuando perfilé el abanico entre sus erguidos pechos ofrecidos al tacto ligero que propinaba con suavidad sobre sus pezones erectos.
Sus gemidos no se hicieron esperar y oferentemente se abrió ante mí, giré el abanico, cuyo padrón en su extremo poseía forma fálica y desde ese instante su baile más placentero comenzó, al ritmo de mi mano maestra.
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