Un imponente León ante la puerta, una invitación a cruzar el umbral de la curiosidad y tras ella, más puertas.
Abre la que desees y descubre más allá El otro lado de la dulzura, donde perderse siempre es posible ...
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LA ULTIMA PUERTA.

Los deseos nos mueven y gobiernan,
nos habitan en silencio
hasta que despiertan.

- © DUlCE -

"Liba
la prominencia de mi exaltación
y llega,
hasta donde quiero que llegues."
- © DUlCE -

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Entra a Mis Dominios
hazlo de rodillas y dispuesta
con la complacencia como bandera.
Cree en mí,
te prometo la dulzura.

- © DUlCE -

Atrevida la mirada
que mide con intención la imponente plenitud
de la carne enarbolada.
 - © DUlCE -

Fuerza y dulzura
tienen el mismo sabor en el placer.
- © DUlCE -

Al final me corona
como Rey Sol despuntado
en el brillo de su ígnea mirada.

- © DUlCE -

"Morena la piel
en fina organza
de lujo y destello
que acrecienta su valor."

- © DUlCE -

"Gentil es la caricia
y firme la atadura
que mezcla el acerbo con la miel."

- © DUlCE -

Ábrete
como flor en primavera
esplendorosa y fecunda
que yo libaré de ti
con ansias de beber
tus mieles ardentosas.

- © DUlCE -

"Los placeres libres de unos
son los deseos ocultos de otros."

- © DUlCE -

Era la última puerta al final del largo pasillo, la habitación más privada de todas, y tras de ella me esperaba, desnuda sobre las sábanas de satén apenas cubriendo sus pechos por el abanico que para la ocasión llevaba. Cuando abrí la puerta su mirada se encontró con la mía y acto seguido dejó caer el abanico. 

Me acerqué sin dejar de observarla y lo cogí para comenzar a deslizarlo por su cuerpo lentamente a ras de su piel. Su estremecimiento fue inmediato al sentir el roce de las puntas de la varillas surcándola de extremo a extremo, guiadas por mi mano interpretaban otro lenguaje. El del placer más perverso.

Cuando toqué su vientre se arqueó tensándose con ansias, pero algo más palpitaba en ella con mayor urgencia. 

Llevó su cabeza hacia atrás cuando perfilé el abanico entre sus erguidos pechos ofrecidos al tacto ligero que propinaba con suavidad sobre sus pezones erectos. Sus gemidos no se hicieron esperar y oferentemente se abrió ante mí, giré el abanico, cuyo padrón en su extremo poseía forma fálica y desde ese instante su baile más placentero comenzó, al ritmo de mi mano maestra.

© DUlCE